
Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland, 2010)
Muchos éramos los que esperábamos que los dos insólitos imaginarios de Lewis Carroll y Tim Burton, al cruzarse, dieran lugar a una reinterpretación del clásico literario tan personal como disfrutable. Cierto es que, tras la maravillosa Big Fish (idem, 2003), el rico universo ético y estético del director amenazaba con convertirse en una simple marca de fábrica. Lo mejor de sus esencias, sin embargo, daba lugar al precioso cuento necrófilo La novia cadáver (The Corpse Bride, 2005 ) y a una adaptación imaginativa y reivindicable de Roal Dahl, Charlie y la fábrica de chocolate (Charlie and the chocolate factory, 2005 ). Aunque ninguna de las dos supusiera un paso adelante en su carrera, evidenciaban el talento de un director en plena forma para contar historias, apropiándose de fuentes ajenas y tiñéndolas de su particular humanidad y perverso sentido del humor.
Algunos signos ya anunciaban la catástrofe: desde el rechazo expreso de Burton por la libérrima estructura episódica de las novelas de Carroll, hasta el hecho de que Linda Woolverton (firmante de algunos de los más empalagosos libretos para la Disney) fuese la guionista. Aún así, la indomable personalidad de la base literaria prometía el regreso de un renovado Burton que se atrevía a tomar las riendas de todo un reto adaptativo.
Sin embargo, los resultados son más que decepcionantes. Desde el primer minuto, el producto destila un tufo a encargo, a adaptación fría e impersonal, que no abandonará a la película excepto en contados instantes. El primer problema de la cinta es transformar la narración sin ataduras de Carroll en un cuentecillo simple y lineal, donde los carismáticos y complejos personajes de los dos libros del británico aparecen como simples figurantes, monigotes despersonalizados reducidos a una sola característica que los haga reconocibles para el espectador. Burton se limita a esbozar los contornos del mítico universo carrolliano, pero no se atreve a redefinirlo, a interpretarlo.
El universo poliédrico y multiforme de las novelas es, aquí, un simple marco para convencionales aventuras de corte mágico. La decepción llega a su punto álgido en el momento en que se decide convertir el País de las Maravillas, habitado por dementes con un peculiar sentido de la lógica, en un mundo donde el Bien y el Mal se encuentran en eterno enfrentamiento, siendo Alicia la previsible elegida que hará que la luz prevalezca. Ésta idea llega a su clímax en un desenlace propio de las Crónicas de Narnia.
Para colmo, en su calidad de superproducción de espada y brujería, Burton se ve obligado a hacer los consabidos planos panorámicos y a rodar secuencias de forzada espectacularidad. El resultado final es un filme de aventuras que se ve sin desagrado, pero en el que el País de las Maravillas es utilizado como lanzadera para un mensaje plano y ramplón: la reivindicación de un feminismo de cartón piedra propio de un libro de autoayuda para emprendedores (los últimos minutos reafirman esta idea).
¿Hay algo realmente a destacar en este olvidable subproducto? Que el fragor visual de Burton permanece intacto (aunque al servicio de un mensaje de galleta de la suerte), más comedido y sobrio que en otras ocasiones, con una fuerza notable en su caligrafía de la imagen. No deja, por otro lado, de ser una historia correctamente narrada, visible y audible, con un humor efectivo en general y algunos aislados destellos de talento. Esto último lo digo por Hlena Bonham Carter, cuyas dotes de histriona son corroboradas en su interpretación de la Reina de Corazones, el más memorable de los personajes de la película (y el más burtoniano, a la vez). Johnny Depp, sin embargo, no hace más que un remedo insustancial de sus exitosos papeles de los últimos tiempos, sin destacar en ningún sentido y aparentando haberse cristalizado tal como lo ha hecho el cine de Burton, convertido aquí en marca de decoración.
Para colmo, el filme adolece de una de las más graves enfermedades del cine actual. Los personajes están locos porque la guionista, en un par de frases, nos lo asegura. Y tenemos que creérnoslo, sin pruebas que nos permitan juzgar como espectadores el hecho. Nos lo dicen, pero nosotros preferiríamos verlo.
Hace 21 años, Tim Burton demostraba con Batman (ídem, 1989) su audacia al convertir una megaproducción en un proyecto totalmente personal, con unas características internas y externas que chocaban frontalmente con lo que se esperaba de un filme comercial de superhéroes. Los tiempos cambian, y el enfant terrible ha rodado un trabajo frío, impersonal y sin inquietudes artísticas. Como un mercenario más de la titánica Disney.
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